Las infecciones gastrointestinales son variables y los niños son unos de los candidatos más vulnerables.
Pueden estar causadas por una gran variedad de protozoos o patógenos bacterianos o víricos y los trastornos funcionales pueden ser desde leves y poco molestos, hasta convertirse en un proceso potencialmente grave, con cuadros de deshidratación y desnutrición, que pueden tener un curso fulminante y poner en peligro la vida del pequeño.

Se puede producir por alimentos contaminados, bien crudos o preparados; así por alimentos que no han sido cocinados adecuadamente, por lo que los niños no deben de comer carne o pescado con zonas crudas o poco cocinadas en su interior. También pueden ser candidatos a dar problemas aquellos alimentos que se mantienen en condiciones de mala conservación o el deterioro es más acelerado, debido a las altas temperaturas o a un lugar de almacenamiento inadecuado.
De la misma forma, el agua no tratada, de manantiales no seguros que está infectada, por contacto con personas infectadas o por fruta y verdura mal lavada, por lo que es aconsejable lavar estos alimentos, mantener una buena higiene, especialmente en niños, si están en contacto con estos enfermos y poner cuidado con el agua que ingieren, especialmente si se está viajando.
La alimentación cumple una importante función en la curación del niño, admministrando una dieta blanda y rehidratando adecuadamente, cada 15 minutos, especialmente en verano o cada 30 minutos en épocas más frías. Se recomiendan alimentos sin grasa, a la plancha o al horno, evitando los fritos, los aceites, aceitunas y frutos secos.

Se recomiendan alimentos pobres en fibra y digestivos; evita alimentos integrales, granos enteros, fruta fresca con cáscara y vegetales crudos. Opta por la patata, arroz, fideos, pan blanco y compota de fruta sin piel. En lo referente a la proteínas, las más adecuadas son las carnes de pavo o pollo sin piel ni grasa y el queso fresco.
